miércoles, 4 de enero de 2017

Demonología "Las Lamias"





Las Lamias
A menudo se la asocia con figuras similares de la cultura griega (Empusa) o hebrea (Lilith).

Demonios que se encuentran en los desiertos bajo la figura de una mujer con cabezas de dragones en los pies.
La lamia habita también en el cementerio, desentierra cadáveres y se los come, dejando solo los huesos.
En la película  “Arrástrame al Infierno” es más bien espectral o que incluso proyecta la sombra de un macho cabrío. Lo encontramos en pinturas antiguas usualmente como un monstruo híbrido con pecho y rostro de doncella y cuerpo de serpiente.


Con los mitos pasa un poco como con los personajes de los libros, que cada uno se lo imagina como quiere, así que yo me voy a quedar con la romántica versión de femme fatale con aspecto de ninfa, olvidando el poco sex appeal de la Lamia de Raimi
 
  Su nombre griego proviene del término Lamyros, que significa "glotón", lo cual nos anticipa algo de la personalidad de estas criaturas. La Lamia es una criatura femenina que la podemos encontrar en diferentes culturas, como en la Vasca, Íbera, Castellana, Búlgara y Hebrea, y siempre se la define como asusta niños y seductora terrible, este último aspecto, constituye un antecedente de la vampiresa moderna.


Lamia. El Mito de la Vagina Dentada



Enajenada desde los orígenes del mito, a causa de una injusta  venganza
(la divina Hera, celosa de sus amores  con su marido Zeus,  mató a casi 
todos los hijos que ella había  concebido con el dios, la  única que logró 
 escapar a la venganza  fué  Escila). 
Lamia y sus pares se cebaron desde entonces en los  niños  ajenos  en sus
 padres; vampirizando a los pequeños y  seduciendo hasta la 
demencia a los adultos, en represalia por sus  hijos  perdidos y por 
despecho hacia la deidad que la gozó en el lecho, pero 
que no se dignó a defenderla  de la cólera celeste.
Se la conocía también bajo el nombre de Anatha, y una de sus  curiosas
 habilidades  consistía en poder quitarse los ojos a voluntad, 
incluso llegó a ayudar a varios héroes prestándoles sus  globos 
oculares.  También conocida como "La devoradora de hombres", 
ya que su leyenda la acusa literalmente de comérselos, luego de 
cautivarlos con una belleza que nunca otorga lo que promete, y 
de atraerlos para consumar sus propósitos a lugares desiertos. 
La moderna simbología ha querido ver  en ésta singular demonio 
el arquetipo del temor ancestral de los varones ante el misterio de 
lo femenino.
 La vagina dentata se ha convertido en una atractiva imagen para 
muchos artistas y escritores,  particularmente entre las obras del 
surrealismo o del psicoanálisis. El mito no tiene nada que ver  con 
Sigmund Freud, a quien se le atribuye erróneamente. Freud nunca 
mencionó este latinismo en  ninguno de sus trabajos y va en contra 
de sus propios pensamientos sobre la castración. Para Freud, 
la vagina significa miedo a la castración, porque el niño joven 
supone que la mujer empezó teniendo  un pene que ahora está 
atrofiado.  La vagina, entonces, sería el resultado de la castración, 
no la causa.



       En la Mitología Grecorromana, encontramos al historiador griego Diodoro Sículo, Laima era una reina de Libia a la que Zeus amó, hija de Poseidón o Belo y Libia. Hera, celosa, la transformó en un monstruo y mató a sus hijos (o, en otras versiones, mató a sus hijos y fue la pena lo que la transformó en monstruo). Lamia fue condenada a no poder cerrar sus ojos, de modo que estuviera siempre obsesionada con la imagen de sus hijos muertos. Zeus le otorgó el don de poder extraerse los ojos para así descansar, y volver a ponérselos luego. Lamia sentía envidia de las otras madres y devoraba a sus hijos. Tenía el cuerpo de una serpiente y los pechos y la cabeza de una mujer. Sirvieron de modelo para otros seres como, los pequeños monstruos africanos, humanos de la cintura para arriba, que atraían a los viajeros con su agradable siseo y enseñando sus senos, para después matarlos y devorar sus cuerpos.

      En la Mitología Vasca, las lamias son genios mitológicos a menudo descritos con pies de pato, cola de pescado o garras de algún tipo de ave, pero es más frecuente encontrarlas como, mujeres muy hermosas, que viven cerca de los ríos y las fuentes, donde acostumbran a peinar sus largas cabelleras con codiciados peines de oro. Suelen ser amables y la única manera de enfurecerlas es robarles sus peines. Se cuenta también que han ayudado a los hombres en la construcción de dólmenes, cromlech y puentes. A veces se enamoran de los mortales, y llegan a tener hijos. Otras dicen que no son más que la diosa Mari (diosa Vasca). Hay una leyenda que una mujer le robó el peine de oro a una lamia y esta, enfurecida, trató de maldecirla, pero no lo logró, puesto que sonó la campana de la iglesia y eso la salvó, ya que al parecer, las Lamias no pueden pisar suelo sagrado, ni nada que este relacionado. En el sureste de la Península, el mito de las lamias se adapta en la Leyenda de la Encantada, mientras en el norte se encuentra en las anjanas o xanas.

      En la Mitología Castellana también se la describe como una mujer de singular belleza que peinan sus largos cabellos, alrededor de una fuente, en algún paraje escondido para atraer a la gruta en que viven a los viadantes que se acerquen a esos parajes en una fecha determinada. La más conocida es la lamia o aparecida de Usanos (Guadalajara) en donde una mujer con la característica de ser una lamia se aparece peinando sus cabellos y mirándose en un espejo, en el día de San Juan, teniendo solamente esa fecha para tornar a su estado normal, a condición de que traspase su hechizo a otro ser mortal.

      En la Mitología Búlgara, la lamia es una misteriosa criatura con varias cabezas, que puede hacer crecer una y otra vez si se le cortan (como la Hidra de Lerna). Se alimenta de la sangre de la gente o, matando mujeres jóvenes para realzar su belleza y así poder seducir hombres. Este monstruo atormenta a menudo los pueblos y puede ser encontrado en cuevas o en el subsuelo. En algunas historias tiene alas, en otras su respiración es de fuego. La lamia no tiene sexo, pero se suele considerar del femenino.


La leyenda de la encantada

        
La Encantada está íntimamente relacionada con seres mitológicos como las Lamias, Mouras (mitología gallega), Mari y Mairu (mitología vasca), las Anjanas (mitología cántabra) y las Xanas (mitología asturiana), son versiones diferentes de la misma narración pero adaptadas a entornos culturales particulares. Asimismo, su relación con la figura mejicana Xtabay sugiere una presencia antiquísima y casi universal del mito o una posible difusión transatlántica.  A pesar de que existen múltiples variantes locales, hay una cosa que tienen casi todas en común: la protagonista es una joven de larga cabellera, que en la noche de San Juan, aparece peinándose en la orilla de un río, fuente o lago.


Leyenda 1 "Cuenta una leyenda que hace mucho tiempo, una princesa árabe se enamoró de un príncipe cristiano, lo que provocó  la ira de su padre, el sultán, que la maldijo a vivir por siempre encantada, presa en un castillo, dentro del monte del Cabezo Soler, al lado del río Segura, en el camino que lleva a Guardamar.

           Desde entonces, en cada noche de San Juan, la Encantada baja hasta el río, donde se sienta a peinar su larga cabellera, esperando encontrar al caballero que la libere de su encantamiento. Nadie hasta ahora ha conseguido liberarla, es más, todos aquellos que lo han intentado han muerto de una forma horrible, y sus cuerpos han sido encontrados ahogados, en el suelo, con la lengua fuera. Para librarse de la maldición, hay que llevarla en brazos al río, ya que, pedirá, que la ayude a llegar para poder lavar sus maltrechos pies. Pero según el caballero se va acercando al río, la Encantada se hace cada vez más y más pesada, miles de monstruos y pesadillas salen a su encuentro, y antes de llegar al agua el pobre incauto cae desfallecido en el suelo soltando de sus brazos a la princesa, luego ésta vuelve a su castillo. 

        Los habitantes de Rojales, durante la noche de San Juan saltan sobre hogueras de fuego, para conseguir la liberación de la Encantada o, por lo menos, calmar el terror de la princesa tras siglos de encierro.

          De todas formas, por la noche, todos evitan el camino que acompaña el río en brumas. Todos cuentan historias de que hay quien la ha visto en la vereda del río y que la encantada adopta distintas formas, a veces es una muchacha que hace autostop. Otros la vieron aparecer por una escuela, y hay quien asegura que la vio vendiendo flores en un mercadillo. Siempre es una muchacha bella pero sus ojos no brillan, supuran tristeza, faltándoles la vida y la libertad."




Leyenda 2

Hace ya bastantes siglos, en el Medievo, una princesa árabe se enamoró de un príncipe cristiano, provocando las iras de su padre, el rey, que la maldijo a vivir por siempre encantada, presa en un castillo, penosa cárcel de oro, dentro del monte del Cabezo Soler, al lado del río Segura, en el camino que lleva a Guardamar.
Todos los años, y sólo en la Noche de San Juan, la Encantada baja al río en busca de quien la libere. Todos los hombres del pueblo temen este encuentro porque los que lo han intentado, y nadie ha conseguido liberarla, han muerto de la forma más horrible que se pueda imaginar, ahogados en el suelo con la lengua fuera.


Si algún hombre valiente se encuentra con ella, la Encantada le pedirá esa noche mágica que la lleve en brazos hasta el río para bañar sus cansados pies, y que sólo eso rompa el maleficio. Pero para el hombre que la lleva, la Encantada se hace cada vez más y mas pesada, miles de monstruos y pesadillas salen a su encuentro, y entonces el pobre incauto cae desfallecido en el suelo soltando de sus brazos a la princesa, y ésta vuelve 
a su castillo.
Dicen en el pueblo que la paz solo podrá venir al mundo cuando haya alguien lleno de verdadera valentía que pueda liberar a la Encantada de la maldición del rey. Para invocar esta liberación todas las noches de San Juan los habitantes de Rojales saltan sobre hogueras de fuego, que si no consiguen la ansiada liberación si tienen el poder de calmar el terror de la princesa tras siglos de encierro.
Por si acaso, por la noche, todos evitan el camino que acompaña el río en brumas. Todos cuentan historias de que hay quien la ha visto en la vereda del río y que la Encantada adopta distintas formas, a veces es una muchacha que hace autostop. Otros la vieron aparecer por una escuela, y hay quien asegura que la vio vendiendo flores en un mercadillo. Siempre es una muchacha bella pero sus ojos no brillan, supuran tristeza, faltándoles la vida y la libertad.

Cerrando esta entrada los dejo con un poema maravilloso de John Keats
Titulado “Lamia”




John Keats

Lamia

Poema - completo
Hace tiempo, antes de que la estirpe de las hadas
Expulsara a Ninfas y Sátiros de los prósperos bosques,
Antes de que la resplandeciente diadema del rey Oberon,
Su cetro y su manto, tapizados de brillantes gemas,
Ahuyentasen a las Dríadas y los Faunos
De los verdes campos y prados de prímulas,
El siempre cautivante Hermes dejó vacío
Su trono dorado,
Del alto Olimpo secuestró la luz,
De este lado de las nubes de Júpiter, para escapar de la mirada
De este gran constructor, y huyó hacia
A un bosque en las costas de Creta.
Pues en algún lugar de esa isla sagrada habitaba
Una ninfa, ante la cual todos los Sátiros se arrodillaban,
Ante cuyos níveos pies los lánguidos Tritones echaban perlas,
Mientras en la tierra se marchitaban y adoraban.
Acosada por los manantiales donde solía bañarse,
y en aquellas planicies donde ocasionalmente deambularía,
había entregado deliciosos obsequios, desconocidos para cualquier Musa,
aunque el pequeño cofre de los caprichos estaba abierto para poder elegir,
Oh, qué mundo lleno de amor se encontraba a sus pies!
Y Hermes pensó, y un calor celestial
Subía desde sus talones alados hasta sus orejas,
Que de una blancura pálida como el lirio
Entre sus dorados cabellos se sonrojaron como las rosas,
Que caían en encantadores bucles sobre sus desnudos hombros.
De bosque en bosque voló,
Respirando sobre las flores su nueva pasión,
Y siguiendo serpenteantes ríos hasta su inicio,
Para encontrar donde esta dulce ninfa tejía su secreto lecho:
Inútil fue; pues la dulce ninfa no se hallaba en ningún sitio,
Entonces reposó sobre el solitario suelo,
Pensativo, y atormentado por dolorosos celos
De los dioses del bosque, y hasta de los mismos árboles.
Mientras allí se encontraba, escuchó una voz que lloraba,
Tal como una vez oyó, que en el noble corazón destruye,
Todo el dolor excepto la piedad: así hablaba la voz:
¡Cuándo me levantaré de esta tumba de flores,
Cuándo me moveré en ágil cuerpo apto para la vida,
Para el amor, el placer y la lucha vigorosa
De los corazones y los labios! ¡Oh, pobre de mi!
El dios de pies alados, se deslizó sigilosamente
Entre hojas y arbustos, peinando suavemente en su rápido avance,
Los altos pastos y las hierbas en flor,
Hasta que encontró una serpiente palpitante,
Brillante y enroscada sobre un negruzco helecho.
Era una figura gordiana de color radiante
Con manchas en bermellón, dorado, verde y azul
Rayada como una cebra, manchada como el tigre,
Sus ojos como los del pavo real, y todo ornado en carmesí;
Y llena de lunas plateadas que, cuando respiraba,
Se desvanecían o brillaban aún más o entretejían
Sus brillos en los tapices más umbríos,
Y del lado del arco iris, teñida de desdichas,
Parecía, al mismo tiempo, una sufriente dama élfica,
Una especie de amante del demonio, o el demonio mismo.
Sobre su cresta brillaba una tenue llama
Salpicada de estrellas como la diadema de Ariadna:
Su cabeza era de serpiente pero, ¡Oh, tan agridulce!
Tenía la boca de una mujer entera con sus perlas:
Y en cuanto a sus ojos: ¿qué podían hacer esos ojos
Excepto llorar y lamentar haber nacido tan bellos?
Así como Proserpina aún derrama lágrimas por su Sicilia
Su cuello era de serpiente, pero las palabras que emitía
brotaban como burbujeante miel, por amor al Amor,
Y así, Hermes se apoyaba en la punta de sus alas,
Como el halcón que se abate sobre su presa.
Dulce Hermes, coronado de plumas, que vuelas suavemente,
Anoche he tenido un maravilloso sueño:
Te veía sentado, en un trono de oro,
Entre los dioses, en el viejo Olimpo,
El único triste; pues no habías oído
Cantar a las suaves Musas de largos dedos,
Ni siquiera Apolo cuando cantaba solo,
Sordo a la amplia y rítmica lamentación de su temblorosa garganta.
Soñé que te veía arropado entre copos de púrpura,
Asomándote amoroso entre las nubes, así como nace el día,
Y velozmente, como un brillante dardo de Febo,
Te diriges a la isla cretense; ¡y aquí estás!
Gentil Hermes, ¿has encontrado a la doncella?
A lo cual la estrella de Leteo no demoró
Su alegre elocuencia, e inquirió:
Tú, serpiente de suaves labios, ¡seguramente de gran inspiración!
Tú hermosa corona de flores, de ojos tristes,
Posees cualquier dicha en la que puedas pensar,
Con sólo decirme adónde ha huido mi ninfa,
¡Dónde respira!
Brillante planeta, así has hablado, respondió la serpiente,
¡pero haz un juramento, mi tierno dios!
¡Lo juro, dijo Hermes, por mi báculo de serpiente,
Y por tus ojos, y por tu corona tachonada de estrellas!
Rápidas volaron sus cándidas palabras, sopladas entre los pétalos.
Y una vez más la femenina brillantez:
¡Muy débil de corazón! pues esta pobre ninfa tuya,
Deambula libre como el aire, invisible,
En estas praderas sin espinas; sus placenteros días
Disfruta sin ser vista; invisibles son sus ligeros pies,
Dejan rastros sobre la hierba y las tiernas flores;
De los agotados zarcillos y las verdes ramas torcidas,
Invisible recoge los frutos, invisible se baña:
Y gracias a mis poderes su belleza se oculta
Para que no sea ultrajada, atacada
Por las miradas amorosas de los ojos poco amables
De los Sátiros, los Faunos, y los oscuros suspiros de Sileno.
Descolorida su inmortalidad, por su aflicción
Ante estos amantes se lamentaba
Entonces de ella tuve piedad,
Su cabello etéreo, que mantendrían
Oculto su encanto, pero libre
Para andar como desee, en libertad.
Tú la contemplarás, Hermes, sólo tú,
¡Si concedes, como has jurado, mi dádiva!
Y una vez más, el encantado dios lanzó
Su juramento, y a los oídos de la serpiente sonó
Cálido, tembloroso, ardiente, como un salmo.
Arrebatada, levantó su cabeza de Circe,
Ruborizada, casi morada, y en rápido balbuceo afirmó,
Yo era una mujer, déjame tener una vez más
La forma y el encanto de mujer que una vez tuve.
Amo a un joven de Corinto. ¡Oh, que felicidad!
Devuélveme mi silueta humana, y llévame con él
Inclínate, Hermes, déjame soplar sobre tu frente,
Y verás a tu dulce ninfa
El dios alado descendió sereno,
Ella exhaló sobre sus ojos, y pronto vio
A la ninfa apenas sonriendo sobre el verde.
No era un sueño; o digamos que era un sueño
Real, como los sueños de los dioses, y que delicadamente suceden
Sus placeres en un largo sueño inmortal.
Un instante cálido, intenso, puede desvanecerse
Ante la belleza de la ninfa del bosque, entonces creó
Un rayo sobre el sacro verdor, se volvió
Hacia la agonizante serpiente, y con trémulo brazo,
Delicadamente, puso a prueba su caduceo.
Hecho esto posó sus ojos sobre la ninfa,
Llenos de lágrimas de adoración,
Y hacia ella se dirigió: ella, como la luna menguante,
Se desvaneció ante él, encogiéndose, no pudo contener
Sus lágrimas de temor, doblándose como una flor
Que se recoge sobre sí misma al ocaso:
Pero al tomar el dios su helada mano,
Ella sintió el calor, sus párpados de abrieron,
Y como las jóvenes flores ante el zumbido matinal de las abejas,
Floreció y dio su miel hasta la última gota.
Hacia los verdes bosques huyeron;
Y no palidecieron como lo hacen los amantes mortales.
Allí abandonada, la serpiente empezó
A cambiar; su sangre mágica enloqueció,
Creció espuma en su boca, y sobre el pasto cayó,
Marchitándolo con un rocío tan dulce y venenoso;
Sus ojos fijos en la tortura, un lóbrego tormento,
Cálidos, espejados y abiertos, con las pestañas ardiendo,
Lanzaban luces y chispas, sin una lágrima refrescante.
Todos los colores encendidos en todo su cuerpo,
Se retorcían convulsos con un dolor escarlata:
Un profundo ambar volcánico ocupó el espacio
De toda la suave gracia lunar de su cuerpo;
Y, como la lava arrasa la pradera,
Arruinó su plateada cota de malla y dorado manto;
Oscureció todas sus pecas, sus manchas y rayas,
Eclipsó sus lunas, arrasó con sus estrellas:
Y en pocos momentos fue despojada
De todos sus zafiros, esmeraldas y amatistas,
Y brillantes rubíes: de todos ellos privada,
Todavía brillaba su corona; que se deshizo, también ella
Se derritió y desapareció repentinamente;
Y en el aire, su nueva voz sonando suave como un laúd,
Llamó, “¡Lucio, gentil Lucio!”…
Abandonada en lo alto
Con las brillantes nieblas
Entre la blancura de los montes
Estas palabras se deshicieron:
Los bosques de Creta no escucharon más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario