domingo, 25 de diciembre de 2011

Cuentos de terror -"Aukan"




Aukan



Antonia era una mujer soltera y sin hijos, en sus cuarenta años jamás había soportado  vivir junto a otra persona, no deseaba formar familia como la mayoría de las mujer, ni siquiera tenía relaciones sexuales ocasionales, se complacía sola, no aguantaba la idea de tener un acto sexual, sólo el hecho de sentir el sudor de otra persona sobre su cuerpo la asqueaba,  lo único que la  satisfacía un poco era su profesión, maestra de piano en el conservatorio municipal, era muy estricta con sus alumnos y jamás se encariñaba con ninguno, en el único lugar en el mundo que  hallaba la tranquilidad y el placer que necesitaba, era en su estancia, en la cual se internaba los fines de semana, pero el infinito odio hacia cualquier tipo de animal no la dejaba sacar provecho de aquellas tierras, que sus antepasados habían cosechado. De niña no jugaba con ninguna mascota, tenía un perro al que jamás se le acercaba y no por miedo, sino porque no podía encontrar en ningún animal nada que le hiciera sentir algún buen motivo para acariciarlo, para brindarle cariño, detestaba el pelaje de los perros y gatos, quizás el hecho de detestar a tal extremo a cualquier tipo de animal era ocasionado por algún  trauma provocado por su padre, un veterinario especialista en caballos, a veces sentía celos atroces del caballo de su padre porque se sentía desplazada por el.
Su vecina del departamento de al lado en la ciudad tenía un gato, al que ella espantaba echándole agua, no soportaba los ojos tiernos de los animales, le generaba ira, desconfianza, rechazaba la idea de tener cualquier animal desde niña, no se emocionaba ni cuando veía un perro vagabundo, golpeado comiendo de la basura, así como también impugnaba la idea de beneficiarse con una fiel y confidente amiga a quien escuchar y ser aconsejada, no llegaba a ser  ermitaña, pero odiaba profundamente las fiestas, los eventos, los encuentros familiares ocasionales, las conversaciones telefónicas, los cumpleaños, las fiestas navideñas. En ocasiones tenía largas discusiones con su vecina, porque sus gatos pasaban a su balcón para cagarle su impecable piso, o se levantaba con grandes dolores de cabeza por escuchar a los canarios cantar al despuntar el alba, fue tal su indignación por soportar el ladrido del caniche del vecino de arriba, los seis gatos de su vecina cagando su piso, y los canarios cantando en el amanecer, que decidió instalarse definitivamente en la estancia, donde solo encontraba el placer de estar sola y sin animales que la molestaran, allí se levantaba y solo veía campo, tierra seca y árida.
 Los golpes de manos en la puerta la despertaron, era cerca del medio día, se calzó las alpargatas,  caminó rezongando, al abrir la puerta se encontró con el vendedor de leña, era un hombre muy sucio y desgreñado, se llamaba José, pasaba una vez al mes para llevarle leña para el hogar, era la segúnda vez que lo atendía, en la última ocasión le gritó a través de la puerta que descargara la leña y se fuera pasándole unos billetes por debajo de la puerta, pero esta vez abrió, sería porque estaba aún dormida quizás, le dio el dinero, José saludo y se dirigió hacia la carreta para descargar la leña, Antonia se quedó paralizada, tiesa bajo al umbral de la puerta, sus ojos se detuvieron fijamente en el caballo que arrastraba la carreta, sintió una extraña mezcla de emociones, se fue acercando lentamente sin quitarlo de su vista, todo a su alrededor se volvió nublado, como si estuviera en la más oscura noche, lo único que veía era aquel cansado y devastado caballo, alzó su mano, estaba frente a él, apoyó con delicadeza su palma sobre la cabeza del animal, este cerró los ojos al sentirla. Antonia se sintió extrañamente turbada, pudo sentir el dolor intenso del animal, lo observó detenidamente, estaba muy flaco era casi piel y huesos, de las comisuras de la boca le brotaba sangre, estaba sucio, Antonia temblorosa apoyó lentamente su rostro sobre el del animal herido y abandonado, fue como hacer un viaje al pasado, aquel animal era tan parecido al de su padre que se estremeció, tenía la misma mancha blanca sobre el ojo como si el más detallista de los dibujantes le hubiera hecho un circulo blanco que resaltaba sobre su pelaje marrón oscuro.
 Logró sentir su corazón destruido, logró ver más allá de todo, sus almas se conectaron y Antonia dejó caer por primera vez en muchos años unas lágrimas sobre el rostro del animal, jamás en toda su vida se había conmovido por nada ni por nadie, nunca se había enamorado ni de un hombre ni de una mascota, Antonia era más bien fría y distante, ni siquiera lloró el día del entierro de su padre, comprendió entonces por primera vez a su padre fiel defensor de los animales, comprendió también que tenía alma, porque aquel animal le había tocado la suya, entendió que existía el alma que te complementa , no necesariamente tiene que ser un hombre o una mujer, que amor más tierno y puro que el que siente un animal hacia una persona, ella estaba en deuda con su padre, a los trece años en una noche de lluvia envenenó al caballo preferido de su padre por celos, era hora de dejar atrás la culpa y hacer algo por ella misma, limpió sus lágrimas y besó el hocico dañado del animal.
¿Cuánto quiere por este caballo?..Se lo compro. – Le gritó a José.
-         Lo siento señora estos días tengo mucho trabajo si quiere deme tiempo y luego se lo vendo.- Contestó José subiendo a la carreta.
-         No ahora, usted me lo querrá vender cuando este ya medio muerto, mírelo como lo tiene, se lo compro ahora.-  Dijo Antonia insistiendo.
-         Lo siento señora el mes próximo lo conversamos.- Dijo José dándole un azote en las ancas al caballo.
Antonia se llenó de ira al ver como lo azotó enfrente suyo, supo entonces que debería tomar otro camino, sabía que estaba unida para siempre al alma de ese caballo, no dejaría que siga sufriendo, el animal ya estaba muy grabe y moriría era cuestión de días, lo miró mientras que este se alejaba de su vida, cosa que Antonia no estaba dispuesta a dejar que sucediera. Tomó las llaves de su camioneta, manejó hasta ver a José entrar en la estancia donde era peón, bajo del vehículo, caminó hasta hallar la choza del hombre, allí espero hasta que la noche cubrió el campo, en su cabeza corrían cientos de pensamientos perversos y oscuros, su mente se retorcía imaginando cientos de formas para liberar al caballo de su terrorífica muerte, de aquel maldito y abusador dueño, debía tranquilizarse y ser racional, cuando escuchó que
José llegaba a la choza, se internó en las sombras de un viejo y frondoso nogal, tomó del piso un tronco seco, cuando vio al hombre de espaldas, levantó el tronco con ambas manos y lo golpeó con firmeza, cuando este quedó inconciente sobre el pasto, ella corrió hacia el caballo, lo abrazó por el cuello, lo besó y dijo,
-         Tranquilo vas a reponerte este maldito no te lastima nunca más, ya vas a ver.
Cuando José despertó estaba con los brazos atados en la espalda, los sentía tirantes como si algo tirara de sus muñecas, algo ardía y dolía en su boca, intentó ponerse de pie pero aún estaba mareado, notó que su caballo comía pasto muy cerca suyo, el sol comenzaba a salir, Antonia apareció lanzándole agua encima, luego se inclinó para hablarle,
-         No intentes hablar porque no vas a poder, me arruinaras el trabajo, me costo mucho ponerte el bocado de Aukan, ¡Ah!... no sabías mí caballo va a reponerse, el veterinario me lo dijo, el caballo de mi padre se llamaba Aukan es un bello nombre de origen mapuche significa “Guerrero”, el lo es, sobrevivió a tus maltratos, diré que me lo vendiste cuando alguien pregunte por vos, cosa que no creo, a nadie le va a importar que fue de tu asqueroso trasero, Aukan y yo seremos felices, nunca más nadie lastimara a un animal ante mis ojos. - Dijo Antonia terminando de acomodar la rienda, levantándolo del piso, se subió a la carreta y lo obligó dándole azotes en las caderas a que llevara el carro con leña durante todo el día bajo el rayo del sol y sin darle ni un poco de agua, al día siguiente Jose vio desde el potrero el último amacenecer.





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