jueves, 3 de noviembre de 2011

"El Sepulturero" Cuentos de terror de L.C.D

 









El Sepulturero

Todo tiene un límite, solo hay que saber ponérselo a tiempo, no dejarse dominar por la ira, la avaricia y el deseo de venganza, pagué con creces todos los pecados que cometí en mí vida, mí alma fue condenada a vagar eternamente por el mundo de los vivos, en el cementerio, perdida entre las sombras, suplicando un poco de luz que me saque de los tormentos que me asechan, peleando para tener un lugar donde morar.
Todo comenzó por culpa de mí ambición, jamás me conformé con ser un don nadie, quería escalar alto, estar en la cima, llegar a la alta sociedad; ¿para qué? No lo sé, quizás necesitaba que me respetaran, no me di cuenta que el respeto se lo gana uno respetando al otro, vivía en una pequeña pero acogedora casa con mí familia, mí esposa, Marcela, y mis hijos gemelos de dieciséis años, unos chicos que nunca me respetaron, toda mí vida había anhelado ser un importante doctor, viajar por el mundo, tener sexo con mujeres hermosas y famosas, pero la vida me dio un asqueroso y muy necesario trabajo, sepulturero. Ví pasar a tantas personas llorando desconsolada-mente, sin pena cubría los féretros de tierra, acomodaba las tumbas, quitaba los yuyos que crecían, sacaba las flores secas, en fin me encargaba de que el cementerio estuviera limpio, protegido de los daños que pudieran hacerle los de afuera, los que vivían sus vidas olvidándose de sus difuntos, recibía plata de aquellas personas que necesitaban restos humanos para sus rituales satánicos, de las viudas que querían desenterrar a sus esposos para vaciar sus bolsillos, es increíble como la gente adinerada se lleva cosas de valor a la tumba; en fin el cementerio era mi segundo hogar, un lugar para algunos lleno de dolor y muerte para mí era un refugio de los problemas hogareños, hasta llegué a quererlo, mí olfato sentía placer de oler la carne en descomposición, allí respiraba libremente, era mejor que el aire de mí hogar, los árboles crecían torcidos y aparentaban ser personas intentado abrazarme, siempre fui muy necesitado de afecto y, extrañamente los muertos me brindaban lo que anhelé toda la vida, en ocasiones conversaba sobre los problemas cotidianos con alguna tumba que limpiaba, eso me ayudaba mucho para no caer en el más doloroso abandono, aquellos cuerpos desintegrándose y volviéndose al polvo eran mis compañeros, aquel cementerio donde todo era muerte para mí representaba vida.


Una tarde ingresando al cementerio para cumplir con mi jornada laboral, me encontré con mucha gente, autos importados, mujeres llorando,
me dijeron luego mis superiores que había muerto alguien muy querido en la ciudad, hasta los medios de comunicación estaban en ese entierro, no pregunté nada solo tomé mis palas y esperé que necesitaran mis servicios, cuando son casos de estos siempre alguien que te tira unos pesos extras para que dejes bien la tumba, cuando la ceremonia terminó y la gente se estaba marchando, me dirigí con mi pala a cubrir la sepultura, allí me encontré una mujer joven llorando junto al cajón, me acerqué a ella y le dije que debía hacer mi trabajo, ella me miró a los ojos, su rostro se me hizo familiar,
- Es que él era como un padre para mí. - dijo ella
- Lo siento señora pero tengo que hacer mi trabajo se aproxima una tormenta.- le dije
- Quiero hacerle una propuesta… Voy a
pagarle muy bien. -Me dijo la joven
- ¡Bien!.. pero ahora no, pueden escucharnos, la espero pasada la medianoche acá junto a esta tumba, debo hacer mi trabajo para que nadie sospeche. - Le dije a la chica.
- Voy a venir por la medianoche entonces.- dijo ella y se fue.
Cubrí la tumba, me marché a casa, antes pedí el turno de la noche, para poder llevar a cabo lo que ella me pidiera.
La tormenta había cesado, eran cerca de las 22hs de un viernes, mi esposa levantaba los cubiertos y platos de la mesa, mis hijos salían como siempre a emborracharse y drogarse al pool de la esquina, jamás me hacían caso,
- Hoy tomé horas extras en el trabajo. - Le dije a Marcela mi esposa.
- Vos cualquier cosa para no estar en casa, la pasas mejor con los muertos, hasta yo la pasaría mejor con los muertos, por mí podes irte y no volver jamás. - Me contestó antes de irse a la cama.
Marcela me tenía realmente cansado, cuando teníamos 18 años, la noche de graduación me dijo que estaba embarazada, me casé como correspondía según mis padres, trabajé duro para que nada le faltara a ella y mis hijos gemelos, no pude estudiar lo que ansié toda la vida, medicina, quería ser doctor, pero ella siempre me pedía más dinero, destruyó todos mis sueños y anhelos, me convirtió en un hombre sin futuro, plata que le daba, plata que se jugaba, todos los juegos de azar eran buenos para ella, jamás recuperó ni un peso, llegó a deber tanta plata que debí tomar más y más trabajos que no merecía, dejé de amarla hace mucho tiempo, no por sus kilos de más, ni por sus traiciones, sino porque ella me consumió mis mejores años, me robó la ilusión de convertirme en alguien respetado, se burlaba de mí en mí propia cara, cuando le decía que en algún momento retomaría los estudios.
Eran las doce de la noche, esperaba mientras fumaba un cigarrillo a la chica junto a la tumba, ella llegó, se notaba ansiosa.
- Buenas noches. - Le dije.
- Mire voy a ser rápida, mi padrastro tiene en un bolsillo, algo muy valioso para mí. Lo busqué mucho en casa pero la empleada, encargada de darle el traje a la funeraria, me dijo que él le pidió, que pusieran lo que busco en su traje.- Dijo la chica
- ¿Qué es tan importante como para caber en un bolsillo? - Pregunté
- Es algo mágico, una moneda de oro, si es verdad lo que me dijo es muy importante que la tenga, vamos comience la exhumación, necesito eso, le daré un buen dinero señor sepulturero. - Dijo ella, estaba ansiosa.
Comencé a quitar la tierra, cuando al fin ya tenía el cajón libre, lo abrí, el hombre me pareció conocido, era muy viejo como para conocerlo, pero en fin, revisé sus bolsillos, era cierto, tenía una antigua moneda de oro en el bolsillo izquierdo del pantalón. La miré, el brillo de la misma se reflejó en mis ojos, tomé la pala salí del sepulcro,
- ¿Y estaba?- Preguntó la chica.
- Mire señorita ¿quien más sabe de esto?- Le pregunté.
- Solo yo señor, la moneda la quiero, la veo en su mano. - Dijo la chica.
- Mala contestación, lo siento.- Le dije, levanté con fuerzas la pala y le partí el cráneo con ella, la chica cayó, su cabeza parecía haber explotado, metí su cuerpo encima del viejo muerto, cerré el cajón, y cubrí la tumba, después me senté a fumar, observando la moneda de oro. Una extraña vos dijo mi nombre, miré para todos lados, hasta que vi quien me llamó, sentado en la rama de un árbol junto a la tumba, había una extraña criatura,
- Yo te llamé, no intentes matarme como a la joven, jamás moriré.- Dijo él y saltó del árbol. Era delgado, y bajito, mediría como un metro aproximadamente, tenía puesto un extraño atuendo negro, con franjas violetas, era extremadamente blanco tanto que las venas se notaba en su rostro, su cabello largo y blanco es-taba recogido con una trenza larga, tenía también una trenza en su barbilla, sus ojos eran crista-linos, blancos, sus uñas estaban crecidas como pequeñas garras saliendo de sus dedos.
- ¿Quién sos? - Pregunté asustado
- No me tengas miedo, soy el dueño de esa moneda, solo hay tres en el mundo entero, pero tranquilo, no la quiero, la presto, la moneda te da un deseo, querés usarlo. - Me dijo
- ¿Qué sos?- ¿No serás el diablo?- ¿ Me cumples un deseo y después te quedas con mí alma. - Le pregunté
- No…No soy él. Solo soy uno más de los que andan en la noche. El deseo que pidas se hará realidad ¡Vamos pedí sin miedo!- Me insistió el pequeño hombre.
- Bien lo voy hacer, deseo estar en la noche de graduación, en la esquina de mi casa, eran las cinco de la mañana.
- Bien deseo concedido, solo te digo una cosa importante, jamás le obsequies ni le des esta moneda a nadie. Cuando llegue tu fin debe volver a mí. Dijo la criatura y se
marchó tarareando una canción.
- Cerré los ojos instintivamente, al abrirlos Marcela me dijo
- Héctor, estoy embarazada. –
Estaba en la noche de graduación, llevé a Marcela al cementerio, primero se negó, pero después la convencí diciéndole que haríamos el amor cómodamente allí y no como siempre, cuando se descuidó, rompí su cuello con mis manos, lo disfruté tanto, me deshice de ella, la enterré en una vieja tumba de esas que nadie se atreve a tocar. Desde aquella noche mi vida dio un giro, ingresé a la facultad de medicina, me hice muy amigo de mi profesor, un importante cirujano aprendí mucho de él, fuimos los mejores amigos durante más de veinte años, hasta que se caso y se marchó a otra ciudad, con el tiempo me olvidé de todo, solo recordaba algo cuando veía la moneda, viajé por el mundo, jamás contraje matrimonio ni tuve hijos, mi vida se había tornado un éxito, lo que siempre anhelé.
Cuando cumplí los sesenta años, una tarde caminaba por la plaza principal de mi cuidad y vi a una niña pobre pidiendo una moneda, había huido de su casa por los abusos de su padre, después de muchos tramites legales la adopté, le di todo el amor paterno que jamás tubo, la eduqué en los mejores colegios y la cuidaban las mejores niñeras, no había tenido hijos así que dediqué mí vejez a ella, era todo para mí, mi día comenzaba y se tornaba perfecto cuando veía aquellos tiernos ojos, una mañana me desperté fui a recoger el diario a la vereda y un terrible dolor en mí pecho me hizo caer desmallado.
Cuando volví en mí abrí los ojos, estaba parado junto a una tumba recién cubierta, apreté la mano, tenía la moneda, desesperado giré sobre mí mismo varias veces, caí junto a la lápida, miré el nombre grabado cosa que nunca hacía, en ella leí ”Héctor Mendizábal Respetado Doctor y Padre”. Grité como si saliera desde mis entrañas, un dolor desgarrador se apoderó de todo mí ser, comencé a llorar. Una vos detrás de mí me dijo
- Vine por mí moneda.-
- Asesiné a la única persona que amé, maté a mi hija. -Respondí exhausto, Me levanté luego
-¿Qué va a ser de mí alma? Ya estoy muerto. - Le dije al pequeño hombre devolviéndole la moneda.
- Si hubieras hecho las cosas bien, solo me devolvías la moneda y te ibas al paraíso prometido, humillaste, mataste, te di una oportunidad de darle un giro a tu vida, la desperdiciaste por tener fama, dinero y cosas materiales, cuando adoptaste a la niña pensé que quizás te arrepentirías de tu crimen, pero no, ja-más lo hiciste, no fuiste el único, nadie sabe que hacer todos quieren un deseo y no saben que pedir. Lo lamento vas a ser un alma perdida, acá en el cementerio, pero tenés mucha compañía. – Dijo la criatura y se marchó jugando con la moneda entre sus dedos y tarareando una canción.

Miré hacia a mi costado derecho, Marcela, y Daniela mi hijastra estaban junto a mí, sus almas penarían junto a la mía las convertí en almas perdidas en el cementerio, tomé mi pala y volví a mi trabajo, estaré sepultando gente eternamente.












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