martes, 14 de diciembre de 2010

Feliz Navidad Pequeña Matilde


¡Feliz Navidad Pequeña Matilde!

Como cada noche de lluvia, se levantó corriendo para colocar ollas bajo las goteras de su precario techo de chapa, Matilde era una mujer de veinte años humilde, su pueblo era chico, por ende el trabajo escaseaba, su padre era alcohólico y su madre se prostituía por dos pesos, ella no conseguía trabajo estable, debido a que no había podido terminar los estudios, toda su corta vida había sido limpiar casas ajenas, soportar las humillaciones de sus patronas y los acosos de sus empleadores. Hacía varias semanas que la
Habían echado de su último empleo, el hambre que estaba pasando la estaba enloqueciendo, ya no le quedaba nada ahorrado, las últimas monedas se las había gastado en ir a buscar a su padre que estaba tirado ebrio en las puertas de un bar de mala muerte.
Puso la pava sobre el fuego para prepararse un té, cuando ingresó su madre empapada,
- Esta lluvia espanta los clientes.- Le Dijo sacudiendo su cabello.
-  ¿Tienes algo de dinero?- Le preguntó Matilde.
- ¡No!, Ya estoy grande para esta vida que llevo, en este pueblo de mierda los tipos pagan poco, me dijeron que la señora Sara la dueña de la casona vieja, necesita una chica para que la cuide, en una de esas tienes suerte y te recibe en su casa.- Le dijo su madre, dando un sorbo al té que su hija le sirvió.
- Voy mañana temprano a verla entonces. - Respondió
Matilde alegre por la noticia.
La casona de la señora Sara, era la más antigua del pueblo, nada se sabía con exactitud de la anciana, solo que era poseedora una importantísima fortuna, muy pocos habían tenido oportunidad de ingresar a su casa, puesto que esta mujer era muy distante con la gente del pequeño pueblo. Matilde llegó después de mucho caminar, hasta las puertas de la casa, tocó a la puerta acomodándose el cabello detrás de las orejas y limpiando el sudor de su frente por el excesivo calor, fue la misma anciana quien atendió su llamado,
- Adelante señorita. - Le dijo Sara Matilde ingresó, la casa era oscura y fría,
- Gracias a Dios que ya me mandaron a alguien que me ayude, ¿es usted del pueblo?- Preguntó la anciana
- ¡Sí!...- Exclamó Matilde en voz muy baja.
- Hábleme fuerte, tengo noventa y ocho años, y con los años uno pierde la audición. - Dijo Sara dejando su bastón y sentándose en un sillón.
- Le ofrecería un té pero como ve apenas puedo caminar. - Le dijo mirándola.
- No se moleste señora, busco empleo, usted necesita a alguien que la cuide, soy la persona indicada, no tengo esposo ni hijos. - Dijo Matilde mirando el enorme anillo de la señora, el mismo era de oro y con un diamante negro, pensó que seguramente llevar puesto semejante
anillo sería difícil por el tamaño de la piedra, se quedó hechizada ante aquella lujosísima alhaja, como si el anillo  la hubiese llevado a un mundo perfecto, soñado e inalcanzable para ella, sintió el deseo de arrancarlo de su arrugado dedo, jamás había visto un diamante, sintió deseos de ser Sara, de tener aquel hermoso anillo, se sumergió por unos instantes en la envidia y el odio.
- Noto que le e gusta mí anillo. - Dijo Sara. Matilde miró rápidamente hacia otro lado, los ojos verdes de la anciana eran amenazantes.
- No sienta vergüenza, es una joya que viene desde hace muchos años en mi familia, fue de mi bisabuela, de mi abuela, hasta que al fin la heredé yo, pero lamentablemente no he tenido hijos a quien Heredarlo, lo tengo reservado para alguien especial. Queda usted contratada señorita, deberá mudarse a mí casa, la necesito las veinticuatro horas. - Le dijo Sara. Matilde la besó en la mejilla por agradecimiento.
Con el correr de los meses, Matilde se convirtió en alguien imprescindible para la anciana, se encargaba de todo, la bañaba, le daba la comida las medicinas, la señora Sara llegó a quererla como a una hija, pero Matilde no la quería ni un poco, sentía odio por aquella elegante anciana, por tener tanta riqueza, solo pensaba en la manera de quitarle su preciado anillo, la obsesión con el anillo la estaba comenzando a cegar, hasta soñaba que lo llevaba puesto, soñaba que  la gente del pueblo la llamaba por el nombre de Sara, y despertaba con ansias de asesinarla pero se contenía, tenía que fingir ser buena y comprensiva, debía darle masajes, escuchar sus largos sermones, complacerla en todo. Se aproximaban las fiestas de navidad y año nuevo, era ocho de diciembre cuando Matilde armaba el árbol de navidad, Sara se acercó con pasos lentos,
- Tengo una buena noticia para darte, ven aquí siéntate a mi lado y dame unos masajes en los pies. - Le dijo Sara
Matilde, bajo de la escalera puesto que el árbol que decoraba era de más de dos metros de alto, un poco cansada le quitó las medias finas a la mujer, y comenzó a masajear esos pies arrugados.
- Sabe una cosa, amo la navidad, de niña me asomaba a ver los árboles que armaban los vecinos, mis padres jamás me dieron un regalo de navidad, menos un árbol. - Dijo Matilde
- No te pongas mal pequeña Matilde, yo tengo un regalo para darte. - Le dijo Sara
- Gracias señora.- Respondió Matilde.
- Te cuento, hoy hablé con mi abogado, te dejaré toda mi fortuna, en especial mí anillo tan preciado, te lo mereces. - Dijo Sara sonriéndole.
Matilde no supo como reaccionar, se rasco la nuca.
- Pero… ¿Está usted segura? - Le preguntó
- Si niña, mi pequeña Matilde desde ahora tendrás todos los regalos de navidad que tanto anhelaste en tu infancia, por supuesto quien mejor que mi pequeña Matilde para cuidar de mi anillo, igualmente no me
moriré sin pasar la navidad contigo. - Respondió Sara. Matilde la abrazó, luego siguió con su labor.
Matilde no logró dormir durante toda la semana que prosiguió, estuvo durante siete noches pensando en las palabras de la anciana, para colmo Sara tenía diarrea y cada vez que se cagaba en cima la llamaba a los gritos, debía cambiar sus sabanas y bañarla, ya no la soportaba más, debía ser encantadora con la vieja, se había ganado su confianza, la mujer llegó a quererla tanto como para dejarle toda su fortuna, Matilde comenzó a planear la manera de deshacerse de la vieja para así convertirse heredera de su fortuna, la ambición la estaba cegando, había un antes y un después en su vida desde que ingresó a la vieja casona, antes era una dulce señorita, ahora solo la ira y la ambición eran parte de su vida. Esperó que sea la hora de la medicina para su enfermedad intestinal, eran las tres de la madrugada cuando ingresó a la habitación de Sara, un viento sacudía las cortinas y movía las ventanas, se aproximaba una tormenta, la observó dormir, miró con ansias su anillo, dejó caer el remedio sobre la alfombra, tomó un almohadón de plumas, lo colocó sobre su rostro y comenzó a asfixiarla, la mujer no tubo la suficiente fuerza como para defenderse, cuando esta se quedó tiesa ella le quitó la almohada , suspiró y le quitó el anillo, un relámpago estalló iluminándola mientras se ponía el anillo en su dedo anular, sonrió macabramente, dio dos giros felizmente, luego se recostó junto a la vieja que acaba de morir, Matilde miraba el anillo acostada con la cabeza apoyada en el  hombro de Sara, el brillo del diamante se reflejaba en sus ojos marrones, sonreía como orate, se sentía feliz, miro la boca abierta de la anciana, se incorporo lentamente, beso a Sara en la frente, caminò por el cuarto,  tomó del escritorio una fotografía de Sara, la miró por unos instantes,
- Maldita vieja arpía ya no seré mas tu sierva.- Dijo y la explotó contra el piso. Llamo entonces a la ambulancia, cuando colgó comenzó a sentir su cuerpo muy agotado, sentía una extraña presión en sus manos, se miró, su piel estaba arrugada, como pudo llegó ante un espejo, Matilde estaba consumiéndose rápidamente, le costaba respirar, la agitación en su pecho la mareo cayó  al suelo, se arrastró hasta el espejo, el cabello se lo volvió blanco, el rostro arrugado, se miraba horrorizada ante el espejo, como se convertía en anciana, cuando logró ver detrás de ella el espíritu de Sara a través del espejo,
- No deseabas ser como yo, tener mi anillo, mis riquezas, ahora estas en mi lugar Querida Matilde. - Dijo el espíritu de Sara
- No, por favor, no quise asesinarla. - Dijo Matilde sin dejar de ver el espejo
- Bien pero lo hiciste, me hiciste el favor de darme tu cuerpo, o que pensabas que te daría todo a cambio de nada, el anillo me da la oportunidad de ir cambiando de cuerpo cuando el mío ya no me responde, tranquila, ya tomaras mi lugar en el infierno junto a todas las que me han asesinado por ambición, por traicionarme es hora de tomar tu cuerpo y ser joven y hermosa otra vez. - Le dijo Sara.
Matilde cerró los ojos, y al abrirse ya eran los ojos verdes de la señora Sara, quien se levantó del suelo, acomodó su cabello, respiró hondo, extendió su mano para contemplar el anillo único conductor para poder ingresar en cuerpos ajenos, exclamó al espejo luciendo joven y hermosa.

-         ¡Feliz Navidad Pequeña Matilde!




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les deseo unas eternas lunas 
L.C.D 



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